Cinco claves para utilizar la IA sin poner en juego tus derechos

La IA puede explicar una ley en segundos, pero un problema jurídico nunca se resuelve solo con información. Saber preguntar, aportar todos los datos y contar con el asesoramiento de un abogado sigue siendo la mejor garantía para tomar decisiones acertadas.
Si mañana te diagnosticaran una apendicitis, probablemente harías algo muy razonable. Buscarías información en Internet, leerías artículos médicos, verías vídeos, preguntarías a la inteligencia artificial qué síntomas produce, cómo es la operación o cuánto va a durar tu recuperación. Pero, cuando llegara el momento de entrar en quirófano, ninguno de nosotros piensa que es la inteligencia artificial quien va a sostener el bisturí. La intervención la va a realizar un cirujano. Y, antes de la operación, también querríamos que ese cirujano, y el anestesista que le va a acompañar, revisaran nuestras pruebas, valoraran nuestro historial clínico, nos explicaran los riesgos concretos de nuestro caso y decidieran cuál es el mejor planteamiento médico para nosotros.
Con el Derecho está empezando a ocurrir algo parecido.
Cada vez son más las personas que consultan a la inteligencia artificial antes de acudir a un abogado. Esto no es negativo más bien al contrario, sin duda, es una magnífica noticia. Es una herramienta que, bien utilizada, es capaz de explicar conceptos jurídicos complejos con un lenguaje sencillo, orientar sobre una materia o ayudar a localizar información en cuestión de segundos.
El problema aparece cuando confundimos información con asesoramiento.
En los últimos meses hemos visto situaciones que reflejan perfectamente esa diferencia. Desde parejas que acuden al despacho convencidas de que basta con firmar un acuerdo redactado por una inteligencia artificial para divorciarse, hasta propietarios que aseguran conocer sus derechos en una comunidad de vecinos porque "la IA dice que..." sin haber introducido, por ejemplo, el contenido del título constitutivo, los estatutos o los acuerdos adoptados por esa comunidad concreta. Y ahí es donde la inteligencia artificial deja de ser una ayuda para convertirse en un riesgo.
No porque responda mal necesariamente. Muchas veces responde sorprendentemente bien. El problema es otro: responde con la información que recibe y desde un conocimiento general. El Derecho, sin embargo, rara vez se resuelve con respuestas generales. Cada asunto tiene matices, documentos, antecedentes, intereses contrapuestos y objetivos distintos. Y precisamente ahí es donde empieza el verdadero trabajo de un abogado.
Por eso, si vas a utilizar la inteligencia artificial para resolver una duda jurídica, estas son, a nuestro juicio, las cinco claves que debes tener en cuenta.
1. Utiliza la inteligencia artificial para entender mejor el Derecho, no para sustituir
el asesoramiento jurídico.
Ese es, probablemente, el mejor uso que podemos darle.
Si no sabes qué significa un usufructo, cómo funciona una comunidad de propietarios, qué diferencia existe entre una donación y una herencia o cuáles son los pasos generales para tramitar un divorcio, la inteligencia artificial puede convertirse en un interesante punto de partida. Es capaz de explicar conceptos complejos con un lenguaje sencillo y de ofrecer una primera orientación en apenas unos segundos.
El problema comienza cuando damos un paso más y convertimos esa primera información en una decisión jurídica. Porque comprender una norma no significa saber cómo debe aplicarse a un caso concreto. En ese punto es donde conviene recordar algo que con frecuencia olvidamos: el Derecho no trabaja sobre situaciones imaginarias, sino sobre personas reales, con documentos concretos, intereses distintos y circunstancias que nunca son exactamente iguales.
La inteligencia artificial puede explicar qué dice una ley. Lo que no puede hacer es decidir si esa ley debe aplicarse exactamente igual a tu caso. Y esa diferencia, aunque parezca pequeña, puede cambiar completamente el resultado.
2. En Derecho, una buena respuesta empieza siempre con una buena pregunta.
Existe una regla que se cumple casi siempre cuando utilizamos inteligencia artificial: cuanto más completa y precisa es la información que proporcionamos, más útil suele ser la respuesta. En el ámbito jurídico esta idea resulta todavía más importante.
Pensemos, por ejemplo, en una comunidad de propietarios. Muchas personas preguntan si una determinada obra necesita autorización, si los bajos tienen que pagar determinados gastos o qué mayoría es necesaria para aprobar un acuerdo. La respuesta puede ser correcta... o puede no servir absolutamente para nada si quien formula la consulta no incorpora información esencial, como el título constitutivo, los estatutos de la comunidad, acuerdos anteriores o determinadas circunstancias del edificio.
Lo mismo sucede en un divorcio. No basta con preguntar cómo se reparte una vivienda o cómo se fija una pensión de alimentos. Es necesario conocer el régimen económico matrimonial, la situación laboral de cada cónyuge, la existencia o no de hijos, el patrimonio común, las cargas económicas y muchos otros datos que condicionan cualquier respuesta.
La inteligencia artificial no puede valorar aquello que desconoce. Y muchas veces lo verdaderamente importante no es la respuesta que conseguimos sino la información que todavía falta por preguntar.
3. El Derecho no es una ciencia exacta; por eso un abogado no se limita a aplicar artículos.
Existe una imagen muy extendida de nuestra profesión que poco tiene que ver con la realidad. Se piensa que el abogado busca un artículo de una ley, lo aplica al problema y obtiene automáticamente una solución. La mayor parte de nuestro trabajo consiste precisamente en valorar alternativas, interpretar normas, analizar documentos, detectar riesgos, negociar acuerdos, prever consecuencias y diseñar la estrategia que mejor protege los intereses del cliente.
Dos procedimientos aparentemente iguales pueden aconsejar soluciones completamente distintas porque las personas, sus objetivos y sus circunstancias también lo son.
Hay otra diferencia que es especialmente significativa. La inteligencia artificial casi siempre responde. Un buen abogado, en cambio, muchas veces duda. Y esa duda no es una debilidad. Es una garantía. Porque cuando un abogado duda, vuelve a estudiar el asunto, revisa la jurisprudencia más reciente, solicita un documento que falta o hace una pregunta más antes de aconsejar una decisión que puede tener importantes consecuencias. La prudencia y el análisis detallado también forman parte del asesoramiento jurídico.
4. Hay decisiones que la ley reserva a las personas, no a la tecnología.
La inteligencia artificial puede ayudarte a redactar un borrador de contrato, preparar una reclamación o comprender el funcionamiento de un procedimiento judicial. Pero existen actuaciones que, por decisión del propio legislador, requieren la intervención de determinados profesionales precisamente para ofrecer garantías a los ciudadanos.
Un convenio regulador de divorcio no produce efectos simplemente porque dos personas lo redacten y lo firmen. Será necesaria siempre la intervención de abogado y la aprobación judicial o notarial prevista legalmente en función del caso. Del mismo modo, una escritura pública necesita un notario. Una sentencia solo puede dictarla un juez. Y la defensa de tus derechos corresponde a un abogado.
5. La inteligencia artificial puede ser un magnífico compañero del abogado, pero nunca su sustituto.
Quienes mejor aprovechen la inteligencia artificial serán también quienes mejor asesoramiento reciban. Porque llegar a una consulta habiendo comprendido previamente los conceptos básicos, con la documentación organizada y con preguntas bien preparadas permite aprovechar mucho mejor el tiempo y participar de forma más activa en las decisiones.
La inteligencia artificial ha llegado para quedarse y los abogados también vamos a incorporarla cada vez más a nuestro trabajo. Pero seguirá existiendo una diferencia esencial. La inteligencia artificial ofrece respuestas. El abogado asume la responsabilidad de aconsejar cuál de todas ellas resulta verdaderamente adecuada para una persona concreta. Y esa responsabilidad, al menos de momento, sigue sin poder automatizarse.
